Además de usarse como aderezo de numerosas recetas, es también útil por sus propiedades antibióticas, antisépticas, expectorantes, diuréticas y estimulantes. Cuenta la leyenda que cuando lucifer fue expulsado del paraíso, del primer paso que dio fuera, donde pisó con el pie izquierdo brotó el ajo y del derecho, la cebolla. Tan antiguo es el origen de este alimento que se pierde en la historia de la humanidad, pero sabemos que es oriundo de Asia central y que llegó al Mediterráneo cuando los griegos y los romanos todavía merodeaban por sus costas.
A él se le han atribuido durante siglos propiedades curativas, algunas de las cuales hoy corrobora la ciencia. Sin ir demasiado lejos en el tiempo, durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial se utilizó como antiséptico para controlar la supuración de las heridas. El jugo de los ajos machacados se diluía en agua y con él se bañaban las gasas. Y cuando escaseaban éstas, se solían hacer cataplasmas que reemplazaban de forma eficaz y económica los antibióticos que no abundaron durante la guerra. Los resultados fueron admirables y con este tratamiento se salvaron muchas vidas.
El Jarabe de ajo una solución para casi todo
Durante años y aún hoy, el jarabe de este alimento es una reputada medicina contra el asma, la ronquera y la tos. Y en los casos de dificultades respiratorias y bronquitis crónica se recomienda porque facilita la expectoración. En la actualidad también se aconseja como diurético y estimulante.
En naturopatía se utiliza para tratar los parásitos intestinales porque ayuda a eliminar bacterias nocivas de esta parte del cuerpo, además de aliviar las congestiones y ayuda a que la sangre fluya mejor por las arterias, ya que el ajo aumenta la habilidad del organismo para digerir la carne y las grasas.
Con moderación durante el embarazo
No obstante, a pesar de sus virtudes durante la gestación no conviene abusar de él porque puede producir acidez e indigestión. En el periodo de lactancia, el sabor del ajo pasa a la leche materna y, mientras algunos opinan que puede resultarle desagradable al bebé. Otros sostienen que ese sabor estimula y mejora la lactancia. En lo que muchos coinciden es en que los componentes del ajo que el bebé recibe a través de la madre puede ayudarle a superar los cólicos y las infecciones.
Propiedades nutritivas
El ajo está formado por agua e hidratos de carbono, pero también contiene vitamina C y algunas del tipo B, así como potasio, calcio, fósforo y magnesio. La cantidad de ajo que normalmente consumimos en una comida no es significativa en cuanto a la aportación de nutrientes. Las propiedades activas del ajo se centran en un aceite esencial, volátil y acre, presente también en la familia de las cebollas. Este aceite es el que produce ese olor tan peculiar y penetrante que lo caracteriza y que una vez consumido se exhala por la boca o a través de los poros de la piel.
Cuando se come en grandes cantidades, su aroma se hace notar en el aliento y en el sudor incluso al día siguiente debido a que las moléculas de sulfuro del ajo no pueden ser digeridas por el organismo y pasan a la sangre, que las transporta a los pulmones y a la piel. Dado que la digestión requiere varias horas y la eliminación de las moléculas unas cuantas más, el olor a ajo se puede dejar sentir durante bastante tiempo, (un par de días). No en vano le llaman también “la rosa apestosa”.
Hay quienes aconsejan comer perejil crudo para paliar esta condición, pero ésta es una medida temporal porque, como explicábamos, la eliminación por los pulmones no es tan rápida como sería deseable. Los expertos dicen que la manera más eficaz de hacer desaparecer este olor en el cuerpo es tomado una sauna pero, lamentablemente, no siempre se tiene acceso a una después de la comida y antes de volver a la oficina.
Aprende a sacarle el mayor partido
Un ajo crudo, pelado y finamente picado da mucho más sabor que una cabeza de ajo cocida entera y sin pelar. Y es que crudo conserva toda la alicina, el ingrediente activo que la mayoría de los científicos considera importante para la salud cardiovascular. Ya lo dice el refrán “ajo cocido, ajo perdido”
- Si lo prefieres, puedes pelarlo con antelación y guardarlo en un recipiente sin tapar, separado de otros alimentos en un lugar fresco.
- Cuando los dientes son cocidos o asados enteros y con la piel, el sabor cambia totalmente: se vuelve dulzón y recuerda a las almendras, por eso algunos cocineros creativos lo incluyen, cocido de esta guisa, en recetas dulces como pasteles y hasta en helados.
- A la hora de saltear el ajo es importante no quemarlo porque el sabor se vuelve muy amargo y a veces hay que empezar el sofrito de nuevo.
- Para quitarte su olor de las manos, frótatelas con un poco de sal.
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Imágenes de José Vicente Jiménez Ribas vía Flickr.com bajo licencia se creative commons



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